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Un mundo oculto

Hay zonas que sabes que te van a gustar antes incluso de poner un pie en ellas.

Bosques profundos, selvas densas, vegetación salvaje… ese tipo de escenarios siempre me han parecido el hogar natural de Warcraft. Por eso entré en Harandar con cierta curiosidad, pero sin esperar demasiado.

Y sin embargo terminó siendo una de las zonas que más me han sorprendido de Midnight.

Porque Harandar no es un bosque; es algo mucho más extraño.

Un mundo subterráneo iluminado por raíces gigantescas que se extienden como un cielo invertido. La sensación al recorrerlo es difícil de explicar: no estás bajo tierra, pero tampoco en la superficie. Es como caminar por el interior de un árbol colosal que sostiene el mundo desde abajo.

A eso hay que sumarle algo que Blizzard ha clavado esta vez: la música.

La banda sonora de la zona mezcla emoción, misticismo y una épica muy contenida. No intenta imponerse, sino acompañar. Es una de esas músicas que, cuando te detienes un momento a escucharla, termina convirtiéndose en parte de la experiencia del lugar.

Y luego está ese lugar que yo no puedo evitar llamar el Trono de los Ancianos.

Ese atril gigantesco iluminado por una luz roja que parece surgir de las propias raíces. No sé exactamente qué buscaban transmitir con ese diseño, pero lo que consigue es inmediato: misterio. Antigüedad. La sensación de estar ante algo que lleva existiendo mucho más tiempo del que deberíamos imaginar.


Un secreto demasiado accesible

Si hay algo que me dejó un poco frío, fue la forma en que entramos en Harandar.

Es cierto que Orwena es quien nos abre el camino, y eso le da cierta lógica narrativa. Pero aun así resulta extraño que un lugar tan oculto, tan secreto, sea relativamente fácil de atravesar.

Más aún cuando, una vez dentro, tampoco parece que exista una vigilancia especialmente estricta. Incluso cuando los Haranir descubren nuestra presencia, las consecuencias son sorprendentemente suaves.

Aquí es donde creo que Blizzard perdió una pequeña oportunidad narrativa.

Personalmente me habría gustado ver una pre-campaña diferente: comenzar como prisioneros, enfrentarnos a pruebas impuestas por los ancianos, demostrar nuestra valía ante la diosa. Solo después de superar esos desafíos podríamos haber obtenido su bendición.

Seguiríamos siendo extranjeros y seguiríamos siendo mirados con recelo; pero al menos habría una razón clara por la que nos permiten movernos libremente por Harandar.

Tal como está planteado ahora, el misterio del lugar se diluye un poco demasiado rápido.


Hagar y la pregunta que nadie quiere escuchar

Dentro de la campaña hay dos elementos que me parecieron especialmente brillantes.

El primero es Hagar.

Mientras la mayoría de los ancianos Haranir ignoran por completo el mundo de la superficie —convencidos de que su deber es cuidar únicamente las raíces— Hagar es la única dispuesta a escucharnos.

Y lo explica con una frase que, para mí, define todo su personaje:

“Mi disposición a escucharte nació en los fuegos que arruinaron el gran árbol.”

Es una frase sencilla, pero tremendamente poderosa.

Mientras los demás ancianos se refugian en su tradición y en su aislamiento, Hagar plantea una pregunta incómoda:

¿De qué sirve proteger las raíces… si el árbol está ardiendo?

Ese momento conecta muy bien con uno de los temas recurrentes de Midnight: la idea de que Azeroth ya no puede permitirse ignorar lo que ocurre fuera de sus propias fronteras.


Los Shul’ka y la fe silenciosa

La segunda parte que me fascinó fue la historia de los Shul’ka.

Los Shul’ka son guardianes. Protectores. Guerreros.

Pero lo verdaderamente interesante es el precio que han pagado por serlo.

Para defender a su pueblo, han sacrificado su capacidad de escuchar la canción de la diosa. Mientras el resto de los Haranir vive conectado a esa melodía sagrada, ellos han aceptado el silencio.

Y eso les ha convertido, a ojos de muchos, en herejes.

Es imposible no ver cierto paralelismo con los Cazadores de Demonios de Illidan Stormrage. Guerreros que sacrifican parte de sí mismos para poder detectar mejor a sus enemigos.

La diferencia está en cómo lo interpreta Orwena.

Para ella, los Shul’ka no han perdido la fe.

Todo lo contrario.

Seguir creyendo en la diosa incluso cuando ya no puedes escuchar su canción… requiere una fe aún mayor.

Y esa reflexión me pareció una de las más bonitas de toda la campaña.


Cuando Quel’Thalas vuelve a estar en peligro

La campaña termina regresando a Bosque Canción Eterna.

Y aquí Blizzard vuelve a hacer algo que Midnight está empezando a repetir con bastante acierto: crear la sensación de que realmente estamos contra las cuerdas.

Ya lo habíamos visto en la Fuente del Sol o en Zul’Aman. Momentos donde la historia transmite una urgencia real. Donde parece que la situación podría irse de las manos en cualquier momento.

Durante muchas expansiones esa sensación se había perdido.

Sabíamos que el mundo estaba en peligro… pero nunca parecía estarlo de verdad.

En Midnight empieza a sentirse diferente.

Y en esta parte además hay algo que me hizo especial ilusión: el protagonismo de Halduron Brightwing y los Errantes.

Durante años han sido una facción secundaria dentro del lore de Quel’Thalas, pero aquí Blizzard les da el espacio que merecen. Su dominio del bosque, su capacidad para moverse entre los árboles y su disciplina militar quedan perfectamente reflejados.

No son simplemente exploradores; son los auténticos guardianes de los bosques de Quel’Thalas.


Una expansión hecha con cariño

Cuanto más avanzo en Midnight, más tengo la sensación de que Blizzard ha puesto mucho cuidado en cada zona, en cada campaña y en cada pequeña historia.

Harandar podría haber sido simplemente otra zona exótica dentro de la expansión. Pero termina dejando ideas interesantes, personajes memorables y preguntas que encajan perfectamente con los temas de la expansión.

Y cuando una historia consigue dejarte pensando incluso después de terminarla… probablemente significa que Blizzard ha hecho algo bien.

Graogramar
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